12 de abril de 2006
El fenómeno musical más impactante en el transcurso de la década de 1930 fue Rafael Hernández Marín, nuestro "Jibarito".
Su fama inició justo en los años de la Gran Depresión, proceso que vivió a la par con su formación cuando, en 1919, se mudó a Nueva York y organizó la Orquesta Hispanoamericana.
Crecía así la vida bohemia neoyorquina, de la que se recuerdan temas como "María Elena, no llores" y "Despiértese, Manolao", una rítmica canción navideña.
De su estancia en "La Gran Manzana" (1929-1931) surgieron melodías como "Capullito de alelí", "Silencio" y "Perfume de gardenias". Esas melodías se sitúan entre las mejores y más famosas composiciones de Hispanoamérica.
La carrera de "El Jibarito" también ilustra, a su vez, la evolución afrocaribeña en su condición tránsfuga.
En pleno 1920, Rafael Hernández se ubica residiendo en Cuba, país en el que permaneció durante cinco años y donde compuso varias de sus más famosas canciones. En la más grande de las Antillas, el hijo de Aguadilla, que nació el en el barrio Tamarindo el 24 de octubre de 1891, dirigió, entre otras, la orquesta del Teatro Fausto de La Habana, una de las más importantes de la época.
En esa isla, dominada por el son montuno y la guaracha, el compositor boricua dejó su indeleble huella. Fue allí, precisamente, donde el versado compositor exploró arreglos musicales con trompetas y bongós en un tratamiento armónico especial que sentó las bases para el desarrollo de los conjuntos modernos.
Allí creó "Cachita", la rumba más famosa del mundo y en la que establece su tesis de que "la rumba caliente es mejor que el son".
Esos contactos musicales se afianzaron en Nueva York, a donde regresó en 1925 para pronto fundar el Trío Borinquen, uno de los primeros conjuntos de voces y guitarras que se conocen en nuestra historia musical.
En esa ciudad, y junto a José Manuel Canario, Antonio Mesa y Salvador Ithier, desprendió su talento con temas como "Siciliana", "Me las pagarás", "Mi patria tiembla" y "Menéalo".
De esa forma, el bolero fue abriendo paso para el destaque de la guaracha, con Rafael Hernández como principal exponente. En ese periodo también encontramos a nuestro "Jibarito" realizando experimentaciones con el jazz, en un panorama de fusión y apertura musical antes visto.
Surge su hermoso lamento
En la Navidad de 1927, en medio del frío invernal que invade el norte y colmado de nostalgia y bellos recuerdos de su amada patria, Rafael Hernández compuso en Nueva York "Lamento borincano", una melodía que representa la lucha por la subsistencia de nuestro jíbaro puertorriqueño. Un canto lastimero que puede leerse como la figuración del arquetipo de un héroe nacional, trabajador y víctima de las condiciones socioeconómicas paupérrimas que abrazaban la Isla en los años de la Gran Depresión.
"Lamento borincano" no tardó en lograr la aceptación del pueblo puertorriqueño, dentro y fuera de la Isla. No hubo quien no se identificara con el relato del pobre campesino que vaga desde tierra adentro desanimado por su triste situación y con el único anhelo de vender el fruto de su cosecha.
Esta melodía representa, a su vez, la lucha de un pueblo por el rescate de su identidad y libertad nacional, por lo que se convirtió en un emblema que contribuyó al ascenso de una nueva capa de dirigentes políticos nacionales.
"Lamento borincano", que marcó el trabajo del Trío Borinquen, estuvo engavetada por tres años y no fue hasta 1930 que se grabó por primera vez en voz de Manuel Jiménez Canario, y aún sigue tan presente en nuestra memoria como en aquellos años.
El valor azteca
México desarrolló una industria cinematográfica importante en la década de 1920 que facilitó la inclusión de bandas musicales para animar las presentaciones fílmicas que, en ese entonces, eran silentes, según data el portal cibernético del Cine Mexicano de Ficción.
De hecho, el vínculo se hizo más fuerte cuando, décadas después, afloró el cine sonoro junto con la oportunidad de incluir en la estructura narrativa las orquestas que antes precedían las exhibiciones.
Aunque en ambas situaciones se presentó una disminución en la importación de películas, los músicos vieron en las artes fílmicas mexicanas otra fuente de ingresos y otro trampolín para la fama.
En un principio, predominó el tango en los filmes, pero el son, la guaracha y el bolero pronto se impondrían una vez se consolidara su presencia radiofónica en la venidera década de 1930.
En medio de la Gran Depresión económica que azotó a Estados Unidos y, por consiguiente, a muchos países latinoamericanos (1929-1939) –justo en el lapso entre las dos Guerras Mundiales–, la música afroantillana renovó su artillería.
Como hemos señalado, hacia Nueva York se disparó una invasión de músicos caribeños mientras en Cuba se rebastecían las guarniciones de creatividad rítmica con el surgimiento del mambo gracias al ingenio de Israel "Cachao" López.
En Puerto Rico, también explosionó la bomba y resonó la plena, con abundantes reservas de guaracha y bolero marcando el tempo para el florecimiento de las bandas y los conjuntos.
Empero, los cañones artísticos finalmente se enfilarían hacia México, donde además de su próspera industria cinematográfica había un importante mercado de producción discográfico.
Fue, precisamente, en tierras aztecas donde Rafael Hernández desarrolló al máximo su propuesta musical tras arribar a ese país en 1932 y permanecer allí durante 16 años.
Ese periodo fue el más productivo en la carrera del "Jibarito", quien logró colocarse como una figura importante en el ambiente artístico azteca.
En México, realizó un programa radial para la emisora XEW, en el que destacó por su habilidad en la dirección musical al frente de una orquesta de 35 maestros y en la que actuaron grandes vocalistas de la época, como Margarita Romero, Wello Rivas, Myrta Silva y Bobby Capó.
Allí también se realizó como un músico de arte, tras graduarse del Conservatorio Nacional de Música con el grado de Maestro en armonía, composición, contrapunto y fuga bajo la tutela del destacado profesor Juan León Mariscal.
Su tesis de grado, la danza "Capricho Número 7", la interpretó al frente de la orquesta sinfónica del estado de Oaxaca con 80 grandes maestros.
Durante esos años, Rafael Hernández se convirtió en el director de orquestas más importante de México, figurando en la producción de más de tres decenas de películas, entre ellas "Crimen del expreso" (1938), "Perfidia" (1939), "Las 5 noches de Adán" (1942), "Virgen de medianoche" (1942) y "Cruel destino" (1943).
Además, melodías como "Preciosa", "Campanitas de cristal", "Desvelos de amor", "Muchos besos", "Desmayo", "El buen Borincano" y "Lo siento por ti", entre otras, se concibieron durante ese periodo.
Allí compuso, también, canciones tan emblemáticas de su historia artística como "Los Carreteros" y "El Cumbachero", todas con arreglos musicales más sofisticados.
Como dato curioso, "El Cumbachero" es una de las canciones que más se ha grabado en el mundo y fue escrita originalmente en 1943 como una canción de cuna, dedicada a su hijo mayor "Pocholo", fruto de su relación con la mexicana María Pérez, con quien se casó el 20 de diciembre de 1940.
La gloria que alcanzó Rafael Hernández en México lo erigió como una de las más importantes figuras de la canción antillana de los años 30 y 40. Tanto, que sus propuestas armónicas sirvieron de eje para el desarrollo de otros proyectos rítmicos.
Miguel Matamoros, genio de la música cubana, por ejemplo, comprendía que la creatividad del "Jibarito" estaba por encima de las consideraciones sonoras de la época, tanto que gustaba de viajar a México para contemplar sus apariciones artísticas.
De hecho, las innovaciones armónicas que introdujo Rafael Hernández a su big band –una de las primeras orquestas del hemisferio en incluir las formas y estructuras melódicas de jazz– fueron importantes en el desarrollo de las nuevas ideas musicales que experimentaron los integrantes del Trío Matamoros en algunos de sus arreglos.
Más aún, el cantante Benny Moré declaró en varias ocasiones su fascinación por el trabajo de Rafael Hernández y estableció que su afán era tener una orquesta como la de él.
Como dato histórico, el denominado "Bárbaro del Ritmo" decidió quedarse en México en 1945 tras su primera visita a ese país en compañía del Trío Matamoros enamorado de la fórmula musical del "Jibarito".
Tanto fue el encanto del vocalista, que siempre afirmó que su sueño era formar una banda gigante en Cuba, a la usanza de la big band del creador de "Cachita".
Otra figura que también se nutrió de las innovaciones melódicas que realizó Rafael Hernández fue Dámaso Pérez Prado, la figura responsable en popularizar el mambo.
Desde todas esas propuestas musicales elaboradas por Rafael Hernández, surgieron los primeros adelantos de nuestra rítmica afroantillana, antes de que Nueva York se destacara como un espacio relevante de producción creativa musical, hecho que aconteció en la parte final de los años 40.